
El plan para instalar una zona de seguridad hasta el río Litani bloquearía regresos, amplía la ofensiva y endurece la pelea con Hezbollah.

Para miles de familias del sur del Líbano, lo que anunció Israel no se traduce solamente en otro parte de guerra ni en un cambio táctico sobre el mapa militar. La novedad más fuerte pasa por algo mucho más concreto: el regreso a sus casas empieza a quedar atado a una franja que el ejército israelí dice que pasará a controlar de hecho. En esa definición ya aparece una consecuencia directa sobre la población desplazada, porque el propio ministro de Defensa, Israel Katz, sostuvo que muchos habitantes no volverán al área ubicada al sur del Litani hasta que se garantice la seguridad de las comunidades del norte israelí.
El corazón del anuncio estuvo en la decisión de avanzar hasta ese río, a unos 30 kilómetros del Mediterráneo y más de 20 kilómetros al norte de la frontera con Israel. Katz dijo que las fuerzas armadas “controlarán el resto de los puentes y la zona de seguridad hasta el Litani”, en una formulación que dejó por primera vez expresada con claridad la intención de tomar una porción del sur libanés equivalente a casi el 10% del territorio del país. La señal remite inevitablemente a otros antecedentes de ocupación israelí en la zona y reabre un recuerdo muy fuerte de la franja de seguridad que se sostuvo hasta el año 2000.


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La medida no cayó en un vacío, sino en una escalada que se viene profundizando desde comienzos de marzo. Según Reuters, Hezbollah abrió este frente el 2 de marzo al disparar contra Israel, y desde entonces la campaña israelí combinó ataques aéreos, destrucción de infraestructura y avances terrestres sobre territorio libanés. En ese marco, Israel ya destruyó cinco puentes sobre el Litani desde el 13 de marzo y aceleró la demolición de viviendas en aldeas cercanas a la frontera, bajo el argumento de cortar movimientos del grupo armado y alejar amenazas de sus poblaciones del norte.
Lo que vuelve especialmente sensible este giro es que llega con un costo humano ya muy alto y con un sistema civil cada vez más presionado. Autoridades libanesas reportaron más de 1000 muertos y más de un millón de desplazados, mientras la oficina de derechos humanos de la ONU cuestionó el uso amplio de órdenes de evacuación por parte de Israel. A eso se suma la advertencia de que seguir destruyendo puentes y casas puede aislar por completo al sur del país y complicar el acceso de la población a alimentos, medicamentos y asistencia básica.
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La presión diplomática ya venía creciendo incluso antes de este anuncio. Días atrás, Francia y otros países europeos advirtieron que una ofensiva terrestre de gran escala en el Líbano podía traer consecuencias humanitarias devastadoras, y el enviado francés Jean-Yves Le Drian dijo que no era razonable exigirle al gobierno libanés que desarme a Hezbollah mientras el país sigue bajo bombardeo. Esa línea de respuesta muestra que, fuera del frente militar, también se endurece la discusión sobre hasta dónde puede empujar Israel su estrategia sin romper por completo la ya frágil estructura civil y política libanesa.
Del lado israelí, el argumento se apoya en una idea de amortiguación territorial que Katz ya comparó con el método aplicado en Gaza. Reuters consignó que el ministro defendió la creación de una “forward defensive line”, con limpieza de edificios cercanos a la frontera y destrucción de infraestructura que Israel identifica como utilizada por Hezbollah. En otras palabras, no se trata solo de hostigar al grupo armado, sino de redibujar físicamente el espacio fronterizo para que la amenaza quede más lejos de los centros habitados del norte de Israel.
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Mientras eso ocurre sobre el terreno, el tablero diplomático también se mueve con brusquedad en Beirut. El gobierno libanés declaró persona non grata al embajador iraní y le dio plazo hasta el domingo para salir del país, una decisión que refleja hasta qué punto la guerra también está reordenando vínculos internos y externos alrededor de la influencia de Teherán sobre Hezbollah. Ese paso no implica una ruptura total con Irán, pero sí agrega otra capa de tensión a un conflicto que ya desborda por mucho la relación bilateral entre Israel y Líbano.
En paralelo, Donald Trump dijo que Washington y Teherán podrían acercarse a un acuerdo para poner fin a la guerra, aunque Irán negó que existan negociaciones de ese tipo. Tampoco está claro si un eventual entendimiento entre Estados Unidos e Irán incluiría o no un alto el fuego específico para el frente libanés. Esa incertidumbre deja a la población del sur del país atrapada en una ecuación donde la diplomacia aparece lejana, mientras la realidad más inmediata sigue marcada por bombardeos, destrucción y desplazamiento forzado.
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En los hechos, el anuncio israelí empuja la frontera militar hacia el Litani y convierte esa línea de agua en algo más que una referencia geográfica. Pasa a ser el punto donde se cruzan la lógica de seguridad de Israel, la supervivencia territorial del Líbano, la resistencia prometida por Hezbollah y el temor de que otra ocupación prolongada termine consolidándose sobre el terreno. Por eso, más que un movimiento de coyuntura, lo que se abrió este martes fue una disputa sobre territorio, retorno y soberanía que amenaza con dejar al sur libanés todavía más expuesto que antes.
Fuente: LA NACION, Reuters.

















