
Antes de ser Ópera llevaron otro nombre: cómo empezó su reinado de 120 años
Otros Temas24/03/2026
REDACCIÓNFueron creadas a comienzos del siglo XX, nacieron como Mitre y cambiaron de identidad en 1908, pero siguieron ligadas al paladar y la historia argentina.

Mucho antes de convertirse en una presencia fija de kioscos, supermercados y alacenas familiares, estas obleas nacieron en un momento en que la industria alimenticia argentina empezaba a dejar de mirar tanto hacia afuera y a construir sus propios emblemas. Lo que hoy aparece como un producto clásico tuvo, en realidad, un origen bastante más singular: primero fue pensado con otro nombre, ligado a una figura central de la política y de la vida pública del país. Ese arranque, lejos de ser un detalle menor, ayuda a entender por qué su recorrido terminó mezclando consumo masivo, identidad porteña y memoria industrial.
La historia se remonta a los años posteriores a la muerte de Melville Sewell Bagley, fundador de la empresa en 1864, cuando la conducción quedó en manos de su esposa, Juana Hamilton, y de sus hijos. Bajo esa nueva etapa de gestión, la compañía creció con fuerza y encontró en una innovación puntual uno de los motores de su consolidación. El producto que empujó ese salto fue lanzado en 1905 y, en aquel momento, no se llamaba Ópera sino Mitre.


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Ese nombre no fue casual ni decorativo. Las galletitas fueron bautizadas en homenaje al expresidente Bartolomé Mitre, fundador también del diario LA NACION, y, según el texto fuente, el propio Mitre había dado su aprobación para que el producto usara su apellido. En una época en que las marcas buscaban asociarse a nombres prestigiosos de la vida nacional, esa decisión ubicó a las nuevas obleas dentro de una lógica muy reconocible para el mercado de entonces, pero también les dio una visibilidad especial desde el comienzo.
El historiador Fernando Rocchi, profesor del Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Torcuato Di Tella, ayuda a leer mejor ese contexto de época. Según explicó, “Mientras que anteriormente el consumo se volcaba mayormente a productos ingleses, que eran importados, la costumbre se redujo luego por las tarifas proteccionistas que se aplicaron desde 1876. A eso se sumó la mejora en la calidad de los productos argentinos a partir de 1900”. Esa observación permite entender que el éxito inicial del producto no respondió solo a una buena idea comercial, sino también a una transformación más amplia del gusto y del mercado argentino.
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En ese escenario, las Mitre no tardaron en ganar terreno. El texto remarca que fueron las primeras obleas rellenas fabricadas en la Argentina, un dato que les dio una marca pionera dentro de la industria. La combinación entre novedad, calidad y una identidad asociada a una figura reconocida de la vida nacional las llevó a instalarse con rapidez en la vida cotidiana de los consumidores, en un momento donde el país todavía estaba formando muchos de sus hábitos modernos de consumo.
Pero el producto no se quedó demasiado tiempo con ese primer nombre. Apenas tres años después, en 1908, Juana Hamilton decidió rebautizarlo como Ópera, con la intención de que la marca conservara vigencia y respirara el clima cultural del momento. La elección, según se reconstruye en la fuente, estaría vinculada con la reapertura del Teatro Colón el 25 de mayo de 1908, un acontecimiento que movilizó enorme expectativa en Buenos Aires y funcionó como símbolo de sofisticación y modernidad.
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Ese cambio de nombre no cortó la continuidad del producto, sino que le permitió entrar en otra etapa sin perder su esencia. También circula la idea de que Hamilton y sus hijos pudieron haberse inspirado en las Opera Buffers de la firma inglesa Huntley & Palmers, lanzadas en 1890 y presentadas como una opción refinada para el té o para acompañar postres. Lo interesante, en cualquier caso, es que la marca argentina logró tomar esa referencia, si efectivamente existió, y transformarla en un producto con vida propia dentro del mercado local.
Con el correr de las décadas, las Ópera dejaron de ser solo una novedad de principios del siglo XX y pasaron a formar parte de algo más estable y profundo. Natalia Colla, Grouper de Bagley Argentina, sostuvo que estas obleas integran el patrimonio cultural del consumo en el país y definió a la marca como “una marca emblemática de consumo transgeneracional”. La frase no suena exagerada si se piensa en la permanencia del producto durante casi 120 años, en su capacidad para atravesar distintas épocas y en el modo en que quedó asociado a meriendas, sobremesas y recuerdos familiares.
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La propia empresa enfatiza que parte de esa permanencia se sostuvo en rasgos que ya estaban presentes desde el origen. Colla remarcó que, en sus primeros años, el producto resultaba innovador por su textura, su liviandad y la suavidad de la crema, cualidades que lo diferenciaban de las galletitas secas que circulaban entonces. En esa línea señaló: “Tenía grandes diferencias respecto a las galletitas secas que se comercializaban en ese entonces, además de un sabor único e icónico que se mantiene hasta hoy”, una definición que explica por qué el producto pudo defender su lugar aun cuando el mercado se volvió mucho más competitivo.
La otra clave aparece en la capacidad de sostener una identidad reconocible sin quedar congelado en el pasado. Según Colla, “Ópera ha logrado sostener su liderazgo de casi 40% de mercado, según la auditoría realizada por Nielsen en 2025, gracias a su sabor original, la calidad de sus ingredientes, el aval de Bagley y la diversidad de su oferta”. Esa combinación entre continuidad y adaptación explica que una marca nacida en una planta de Barracas, sobre la avenida Montes de Oca, hoy siga vigente con producción en Salto, provincia de Buenos Aires, después de atravesar la compra de Bagley por Danone en 1994, el cierre definitivo de la sede histórica en 1996 y la posterior conformación de Bagley Latinoamérica junto a Grupo Arcor.
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Vistas en perspectiva, estas obleas hicieron mucho más que sobrevivir. Cambiaron de nombre, atravesaron dueños, plantas industriales y contextos económicos muy distintos, pero conservaron un lugar estable dentro del consumo argentino. Esa permanencia no se explica solo por la nostalgia ni por la fuerza de una marca histórica, sino por haber encontrado, desde el principio, una fórmula rara: ser al mismo tiempo una innovación industrial, una pieza de época y un sabor que logró seguir reconociéndose generación tras generación.
Fuente: LA NACION.

















