
El neurólogo Pascual Sánchez Juan sostiene que la enfermedad empieza décadas antes de los síntomas y que los nuevos análisis permiten intervenir mucho antes.

Durante mucho tiempo, el Alzheimer quedó asociado casi exclusivamente a la vejez, como si se tratara de un desenlace tardío, inevitable y recién visible cuando la memoria ya empezó a fallar de forma notoria. Esa mirada, según plantea el neurólogo español Pascual Sánchez Juan, ya no alcanza para entender lo que realmente ocurre en el cerebro. El cambio más fuerte no pasa solo por los tratamientos que empiezan a aparecer, sino por una idea que obliga a correr el foco mucho más atrás en el tiempo: la enfermedad empieza bastante antes de que alguien olvide nombres, se desoriente o pierda autonomía.
Por eso una de las frases más potentes de la entrevista no apunta al final del proceso, sino a su arranque silencioso. “El Alzheimer es una enfermedad de gente joven… que tarda 20 años en manifestarse. Tenemos que dejar de pensar que es algo que les ocurre a los mayores o ancianos”, afirma el especialista. Lo que pone sobre la mesa es una discusión incómoda, porque obliga a entender que cuando la enfermedad se vuelve visible, en muchos casos ya lleva años avanzando.


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Ese corrimiento del reloj modifica por completo la conversación sobre prevención. Sánchez Juan insiste en que el cerebro no debería empezar a importar recién cuando llegan la jubilación, los primeros olvidos o una sospecha clínica, sino desde mucho antes, incluso desde la infancia. “Al cerebro hay que cuidarlo desde que nacemos y no empezar a prestarle atención cuando nos jubilamos”, sostiene, y en esa idea enlaza educación, hábitos, ejercicio, sueño, salud vascular y vida social como parte de una misma estrategia de cuidado.
El planteo no se apoya en una intuición suelta, sino en una mirada clínica e investigadora muy amplia. Sánchez Juan dirige científicamente la Fundación CIEN, un centro español dedicado al tratamiento y la investigación de esta enfermedad, donde se cruzan pacientes, laboratorio, diagnóstico por imágenes, seguimiento clínico y un banco de tejidos con cientos de cerebros donados. Esa combinación le permite mirar el Alzheimer no solo como una categoría médica abstracta, sino como una enfermedad que se estudia antes y después de la muerte, en su expresión biológica y en sus efectos concretos sobre la vida cotidiana.
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En ese contexto, una de las novedades que más entusiasmo le generan al especialista tiene que ver con la posibilidad de diagnosticar antes y mejor. El neurólogo remarca que el gran salto reciente llegó con los biomarcadores, herramientas que permiten detectar si proteínas como la beta-amiloide y la tau están depositadas en el cerebro. Y dentro de ese avance hay una novedad que puede cambiar mucho la práctica clínica: “Es revolucionario poder saber con una prueba de sangre si la gente tiene las proteínas del Alzheimer o no”.
Ese punto es central porque modifica la forma de llegar al diagnóstico en etapas tempranas. Hasta hace poco, detectar esas señales exigía procedimientos más complejos, como el análisis de líquido cefalorraquídeo o ciertos estudios de medicina nuclear. Ahora, según explicó, la medición de la proteína p-tau217 en sangre empieza a abrir una vía más accesible para identificar la enfermedad en fases iniciales, cuando todavía hay margen para pensar en una intervención más eficaz.
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La otra parte del nuevo escenario pasa por los tratamientos, un campo donde el especialista ve razones concretas para hablar de un momento más esperanzador. Sánchez Juan menciona dos medicamentos recientes, lecanemab y donanemab, que actúan sobre la biología de la enfermedad y logran limpiar del cerebro la proteína beta-amiloide. Según explica, su efecto se traduce en un retraso del deterioro cognitivo del 30 por ciento, un dato que no equivale a una cura, pero sí a una desaceleración relevante en el avance del cuadro.
Esos fármacos, de todos modos, no están pensados para cualquier instancia del proceso. El especialista aclara que, por ahora, su uso se orienta a las etapas iniciales, en lo que se denomina deterioro cognitivo leve, cuando ya existen síntomas pero el paciente todavía mantiene una vida relativamente autónoma. Por eso insiste tanto en detectar antes, porque el verdadero horizonte, según su mirada, es poder usarlos incluso en la fase asintomática para demorar la aparición de los síntomas y bloquear el curso de la enfermedad antes de que gane terreno.
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Sin embargo, el neurólogo también introduce cautela y evita vender certezas absolutas donde todavía hay zonas grises. Reconoce que una persona puede tener marcadores positivos y permanecer mucho tiempo sin desarrollar síntomas, porque no todos los cerebros responden igual frente a la misma carga patológica. “Hay que ser siempre cautos porque el cerebro es muy complejo. Es el órgano más sofisticado que existe”, advierte, y desde ahí incorpora otro concepto importante: la resiliencia cerebral, esa capacidad de resistir mejor el deterioro gracias a la formación, el ambiente, los hábitos y la actividad mental.
En esa parte de la entrevista aparece quizás su mensaje más amplio y más útil para salir del miedo y entrar en el terreno de lo concreto. Sánchez Juan sostiene que más o menos el 40% de las causas de la demencia son prevenibles, una cifra que vuelve mucho más relevante la prevención primaria. Ahí incluye el aprendizaje de idiomas y música desde chicos, la actividad física, el control de la hipertensión, la diabetes, el sobrepeso, el consumo de alcohol, tabaco y drogas, el cuidado de la audición y la visión, el buen descanso, la salud emocional y el combate contra el aislamiento.
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El especialista pone especial énfasis en que la prevención no es una consigna vacía, sino una acumulación de decisiones que fortalecen al cerebro para llegar mejor a la edad avanzada. “Hay que preparar al cerebro para que envejezca mejor”, dice, y compara ese trabajo con el entrenamiento de un músculo que necesita fortalecerse con el tiempo. En esa lógica, leer, estudiar, conversar, jugar, caminar, bailar, hacer ejercicio y sostener vínculos sociales no son apenas hábitos saludables generales, sino formas concretas de construir un cerebro con más recursos para resistir el deterioro.
Cuando se le pregunta por el futuro, Sánchez Juan no promete milagros ni una cura total, y ese punto también vuelve más creíble su mirada. Explica que, frente a la atrofia cerebral avanzada que muestran muchas resonancias, recuperar por completo lo perdido parece muy difícil. Pero sí cree posible otro objetivo, menos espectacular y más realista: retrasar el curso de la enfermedad, cronificarla o incluso evitar que llegue a aparecer clínicamente, de modo que la persona pueda sostener durante más tiempo una buena calidad de vida, aun con síntomas leves o muy controlados.
Fuente: LA NACION.


















