Cuando la amistad no dura "para siempre": una ruptura que duele más de lo que muchos se animan a decir

Actualidad01/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Cuando la amistad se termina. Foto Freepik
Cuando la amistad se termina. Foto Freepik

Las rupturas entre amigos suelen no tener cierre y dejan un duelo solitario. Psicólogas explican por qué desorientan tanto y cómo atravesar el vacío.

A veces no hay pelea, no hay portazo y no hay “última charla”. Hay una cena a la que no te invitan, un mensaje que queda sin respuesta o una distancia que deja de ser transitoria y se vuelve costumbre. En ese tipo de ruptura, el golpe no llega con una frase definitiva, sino con una sensación más difícil de procesar: el vínculo ya no existe y nadie lo nombró.

Las rupturas entre amigos, plantea el texto, suelen carecer de cierre y por eso dejan un duelo particularmente solitario. No hay etiquetas claras, ni rituales reconocidos, ni un guion social que ordene lo que se supone que hay que hacer después. Esa ausencia de marco, lejos de aliviar, puede intensificar el dolor y volverlo más confuso.


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La psicóloga clínica Macarena Gavric Berrios (M.N. 72601) ubica una diferencia central: las amistades se construyen sobre una intimidad elegida, espontánea y no reglada. “Es un dolor especialmente profundo porque las amistades se construyen sobre una intimidad elegida, espontánea y no reglada”, señala, y agrega que esa misma autenticidad vuelve al vínculo vulnerable al vacío cuando se rompe. El resultado, según su mirada, no es solo extrañar a alguien: es perder un apoyo que sostenía parte de la propia historia.

En una amistad significativa, explica, se deposita vulnerabilidad, confianza y continuidad sin que muchas veces se lo registre. “Compartimos detalles del día a día, transiciones vitales, espacios de ocio y partes de nuestra identidad que no siempre emergen en otros vínculos”, describe Gavric Berrios. Y remata con una idea que muestra por qué el duelo pega en el centro: “Por eso, su pérdida no solo implica dejar de ver a alguien, sino perder un aliado privilegiado en nuestra propia narrativa”.


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El texto también subraya que la cultura empuja a idealizar la amistad como un vínculo incondicional y estable, casi blindado. Gavric Berrios lo dice sin rodeos: “Muchos viven sus amistades con una expectativa de permanencia mayor que la que depositan en una pareja”. Mientras el amor romántico se reconoce como cambiante y susceptible a ruptura, la amistad suele pensarse como algo que “debería” sostenerse siempre, y cuando falla, el impacto llega como una sorpresa.

Esa sorpresa, además, se vive con poca legitimación social. La psicóloga María Gimena Nasimbera (M.P. 2252) lo explica desde el lugar que ocupa cada vínculo en el imaginario: “La cultura jerarquiza el amor romántico como vínculo central, concibiendo a la amistad como un extra opcional”. Y completa el cuadro con una idea que pesa en lo cotidiano: “A diferencia del amor romántico, cuando una amistad termina no hay conversaciones formales, ni frases hechas, ni duelos reconocidos”.


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En el texto aparece otra razón de fondo: la amistad suele quedar a la sombra de los proyectos de pareja. La neuropsicóloga Cynthia Zaiatz, jefa de salud mental del Sanatorio Modelo de Caseros, plantea que muchas personas priorizan estar en pareja por miedo a la soledad, y desplazan a las amistades a un segundo plano. Esa jerarquización se nota cuando algo se corta: para el desamor existen palabras y caminos, pero para la ruptura amistosa muchas veces no hay ni lenguaje.

Desde el punto de vista psicológico, el duelo por una amistad puede seguir un proceso similar al de una separación amorosa, con etapas que no siempre son lineales. Gavric Berrios advierte que puede reactivarse por recuerdos o cambios vitales, y que el camino incluye impacto, negación, tristeza, enojo y reorganización. Esa reorganización implica, según se describe, revisar identidad y sentido cuando se pierde un sostén relacional.


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Los motivos por los que se rompen amistades, señala el texto, suelen no ser explosivos sino acumulativos. El paso del tiempo, cambios de valores, mudanzas, crianza o trabajo reordenan prioridades y energía emocional, y el vínculo a veces no se adapta. También aparecen dinámicas de falta de reciprocidad, competitividad, celos, confianza dañada, comunicación evitativa y microviolencias que desgastan hasta que un día no queda nada para sostener.

En ese tramo, Zaiatz enfatiza una idea que corre el eje del “aguantate” hacia el reconocimiento del dolor. “Es importante reconocer nuestra pérdida y validar nuestros sentimientos”, sostiene, y lo vincula con estudios sobre represión emocional y aislamiento. Gavric Berrios añade que el cierre puede no depender de la otra persona: “El cierre puede ser interno, de manera personal e intrínseca, sin tener contacto con la otra persona, soltando y dejando ir”, con un componente fuerte de aceptación.


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La posibilidad de una charla final, según el texto, depende de condiciones concretas y no de una fantasía de reconciliación. “Es útil hablar cuando hay posibilidad de escucha mutua, cuando la ruptura fue confusa y se busca claridad”, dice Gavric Berrios, pero advierte que no conviene cuando la dinámica es manipuladora, violenta o desigual. En esos casos, una conversación puede sumar daño en lugar de reparar.

Para atravesar el vacío, las especialistas mencionan recursos que apuntan a reconstruir sentido sin negar lo que duele. Nombrar lo perdido, escribir para ordenar emociones, revisar límites, reorganizar rutinas y redes de apoyo, evitar idealizar el pasado y cuidar el cuerpo aparecen como parte del camino. También se plantea algo difícil, pero real: aceptar que la nostalgia no implica querer volver.


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Y si existe una vuelta atrás, no se parece al regreso a “lo de antes”. Gavric Berrios plantea que hacen falta reconocimiento explícito del daño, disponibilidad emocional real y conversaciones honestas sobre límites y expectativas, con cambios sostenidos que demuestren compromiso. Nasimbera lo sintetiza en una frase que baja la ansiedad de la reparación perfecta: “Reconciliarse no es volver a lo de antes, es crear algo nuevo sobre bases distintas”.

Fuente: LA NACION.

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