La historia detrás de la "chapita" que cambió para siempre a las latas

Actualidad25/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

En un picnic, un ingeniero se quedó sin destapador y el enojo le abrió una puerta inesperada. Años después, una patente y un cambio mínimo alteraron consumo, ventas y residuos.

La historia de la chapita de las latas. Foto Freepik
La historia de la chapita de las latas. Foto Freepik

En la vida cotidiana, hay gestos tan automáticos que parecen “de siempre”. Tirar de una lengüeta y escuchar el clic metálico de una lata es uno de ellos, aunque ese movimiento nació de un problema doméstico y de una decisión técnica que buscó algo simple: abrir sin herramientas. Detrás de esa comodidad aparece Ermal Cleon Fraze, un ingeniero que terminó asociado a una de las modificaciones más extendidas del consumo masivo.

La escena inicial ocurre lejos de los laboratorios: un picnic, varias latas cerradas y un destapador olvidado. Fraze probó con el paragolpes del auto y cosechó espuma, metal deformado y frustración, pero también una idea que se volvió obsesión. Ese contratiempo empujó una pregunta concreta sobre el diseño de las tapas y sobre cuánto dependía la lata de un objeto externo.


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Para entonces, Fraze ya conocía el aluminio desde adentro. Había pasado por la industria y por una formación técnica vinculada a metales y fabricación de piezas, además de haber trabajado en Dayton en tareas ligadas a la producción industrial. Ese recorrido le dio una ventaja: entendía dónde cede el material, cuánto resiste y cómo se comporta cuando se lo fuerza.

La solución no salió de una gran planta, sino de un taller casero. En el garaje, empezó a imaginar una tapa con una línea de debilitamiento apenas perceptible que definiera el lugar exacto del desgarro. Sobre esa zona, agregó una pequeña pieza metálica remachada que actuaba como palanca: al tirar, el aluminio se abría por donde debía y dejaba una abertura limpia, controlada y repetible.


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El desafío se escondía en una tensión difícil de resolver: resistencia y fragilidad en el mismo punto. La tapa tenía que soportar la presión de una bebida carbonatada y, al mismo tiempo, ceder con la mano sin que el corte se desparramara. En ese equilibrio se jugaba todo, porque una apertura irregular convertía la mejora en un riesgo.

Antes de ese cambio, el consumo en lata estaba condicionado por una herramienta de bolsillo. Las primeras bebidas en envase metálico se abrían con el perforador conocido como “church key”, que exigía dos agujeros: uno para tomar y otro para que entrara aire. Sin ese elemento, la lata quedaba atrapada en su propia practicidad y perdía sentido en contextos fuera de casa.


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La lata, aun así, ofrecía ventajas que el vidrio no tenía: menos peso, más resistencia a golpes y mejor logística de transporte. Lo que faltaba era resolver la experiencia del usuario, esa fricción mínima que decide hábitos. La “lengüeta” terminó de inclinar la balanza y habilitó una portabilidad real, sin depender de nada más que la mano.

La formalización llegó en 1963, cuando Fraze patentó el sistema en Estados Unidos. Luego vendió la licencia a Alcoa y a Pittsburgh Brewing Company, y el primer ensayo comercial fue con la cerveza Iron City. El efecto, según registros citados en la fuente, resultó contundente: las ventas crecieron un 233% en un año tras incorporar la nueva tapa.


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La adopción se movió con una velocidad que hoy sorprende por su simpleza. Para junio de 1963, unas 40 marcas de cerveza en Estados Unidos ya usaban la apertura manual. En 1965, alrededor del 75% de las cerveceras estadounidenses la habían incorporado, un salto que muestra cómo una innovación pequeña puede expandirse cuando resuelve un fastidio universal.

El cambio no quedó limitado a la cerveza: el sistema también se extendió a los refrescos en la década de 1960. Con el tiempo, la industria afinó el envase y redujo material y peso de manera sostenida: en pocas décadas, mil latas pasaron de pesar unos 25 kilos a menos de 30 libras, mientras las líneas de producción aceleraron hasta superar las 2000 latas por minuto. En paralelo, el aluminio reforzó su lugar como material central por su capacidad de reciclarse y volver al mercado en ciclos cortos.


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Esa expansión, sin embargo, tuvo un costo inesperado en la primera versión del invento. La lengüeta se desprendía por completo y quedaba suelta, y millones de piezas terminaron en calles, parques y playas. A la basura visible se sumaron quejas por cortes y episodios de ingestión accidental, un problema que empujó otra vuelta de tuerca.

En 1975, el ingeniero Daniel F. Cudzik, ligado a Reynolds Metals, desarrolló la lengüeta que permanece unida a la tapa, la stay-tab. El principio de Fraze se mantuvo —zona preincidida y desgarro controlado—, pero el residuo dejó de existir y bajaron los riesgos. Con los años, incluso un detalle que alimentó mitos quedó aclarado: el pequeño orificio en la lengüeta no nació para sostener un sorbete, sino para distribuir mejor la fuerza y ahorrar aluminio por unidad.


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Más de seis décadas después, la tapa “abrefácil” sigue casi intacta en su concepto original. No suele aparecer en listas glamorosas de grandes inventos, pero sus números hablan por ella: multiplicó ventas, aceleró el uso masivo del aluminio y cambió un gesto diario en todo el mundo. Una incomodidad mínima, en un picnic, terminó escribiendo una parte silenciosa de la cultura del consumo.

Fuente: LA NACION.

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